Un nuevo amanecer
Aquella noche casi no había podido cerrar ojo. Habíamos acordado encontrarnos a las seis de la mañana en la estación de Sants (Barcelona). Allí no repartiríamos entre los coches y pasaríamos el fin de semana todos juntos de excursión por los bellos parajes de Lérida.
No era la primera vez que habíamos quedado para realizar caminatas por las montañas. Recuerdo que Sonia había hecho de guía para niños y conocía bastantes recorridos.
Sin embargo, me sentía inquieta, quizás preocupada de no despertarme a la hora.
Cogí mi mochila y me acerqué a la boca del metro más cercano, pero todavía esa línea no estaba en funcionamiento. Así que bajé unas calles abajo y me acerqué a la línea azul que sí estaba abierta y que me llevaba directamente a nuestro punto de reunión. En uno de los vagones coincidí con Sonia que venía acompañada por su amiga Nuria.
Sonia y algunos más eran los expedicionarios del grupo. Francamente, yo no estaba muy acostumbrada a caminar tres o cuatro horas en pendientes que quitaban el aire con sólo mirarlas, ni tampoco muchos de los que nos apuntamos a esa aventura.
Nos tomamos el trayecto con calma, parábamos en algún pueblo para visitarlo y almorzábamos en otro... aunque, lo que aún no he olvidado después de casi 20 años, es que fue un viaje un tanto accidentado: a uno se le rompió la cadena del ventilador del coche; otro embarrancó el suyo y sólo con ayuda de un todo terreno que pasaba por allí logró sacarlo de entre el barro; y yo dibujé una elíptica con una pelota y le di un balonazo en toda la cara a mi mejor amigo...
Aquello me recordaba mucho a Galicia y a mi infancia. Vacas campando libremente por aquellos pastizales verdes, carretera rodeada de árboles y mal asfaltada, tierra embarrada y muchos restos de vacas y otros animales que merodeaban por la zona. Me pareció revivir no demasiados años atrás y, mientras Sonia, Albert y Josep buscaban el lugar donde acampar, algunos nos pusimos a jugar al potro, al “cavall fort”, al churro, media manga, mangotero… En fin, quizás no importe su nombre, lo cierto es que cuando me cayó Ventura encima de las cervicales, noté un crujido, me quedé ciega durante unos segundos y, al recobrar la visión, mis brazos se balanceaban incontrolados en un vaivén.
Allí empezó un nuevo amanecer para Dolores Rodríguez Huertos.









