Cuando alguna tarde veo la televisión me pregunto porque tenía aquellos complejos. A mí me sobraban cinco o seis kilos, podría decirse que tenía mal distribuidos y, aunque cierto es que te puedes encontrar con modelos esbelta y esculturales, nada tenía que ver con el sobrepeso excesivo que padece hoy mucha gente.
La constitución es la constitución, y por mucho que nos pese, imposible de cambiar.
Pero muchos de los complejos que se crean habitualmente son más ajenos que propios; es decir, nos los generan esos terceros que nos machacan constantemente con ellos.
Yo era muy flexible, muchísimo más que aquellos que me repetían una y otra vez que estaba gorda. ¿Por qué no los llamé torpes, zoquetes o piedras? Creo que por educación.
Hoy con más razón me veo gordita, no niego que me gustaría perder unos kilos y que, en unas temporadas más que otras, intento vigilar lo que como. ¿Con complejos? Mentiría si dijera un no rotundo, pero cada día me preocupa menos lo que piensen o digan los demás, pues tengo claro que el que me quiere o me aprecia me acepta tal como soy y no por mi físico.
A menudo se inculca a los niños, por activa o pasiva, una importancia subliminal por lo estético, las marcas, la posición social o el dinero, sin realizar hincapié en lo realmente valioso: el interior, el ser de cada persona, aquello que nos vuelve únicos y especiales, diferentes al resto.
Es por eso que hoy me apetece dar las gracias a mi culo. Podría llamarlo de otras maneras mucho más finas: posaderas, glúteos, trasero... pero, para qué, ahora no me avergüenzo en absoluto de él, al contrario, ha sido mi mejor aliado contra las llagas, ese compañero infatigable que se ha convertido en mi mejor cojín anatómico y le doy gracias porque sé de los problemas que conlleva una úlcera, del contratiempo que supondría, de lo complejo de una cicatrización...
Respiro aliviada y sólo puedo gritar de nuevo lo afortunada que me siento.

Y a quien no le guste, que no mire. Así de fácil.


blog comments powered by Disqus