Nunca me ha gustado que me vieran como una obra de caridad o una tarea pendiente que apuntar en una agenda.
Podré no moverme pero tengo, al menos eso espero, mucho que ofrecer como persona.
Personalmente tengo una gran suerte, me conformo o contento con poco y cualquier pequeño aliciente da un estímulo a mi vida.
Esto que a voz de pronto puede sonar una desgracia en el mundo en que nos movemos, os aseguro es una fuente de energía y fortaleza. Mi padre se cachondea de mí, en parte con razón, por clicar anuncio tras anuncio por apenas unos céntimos de dólar cada uno, o hacer y rehacer los blogs... por algo que no muchos entenderán: satisfacción personal.
¿En base a qué varemo mide cada quien la felicidad? El otro día vi a un conocido en una de esas visitas relámpago. Lo encontré mejor físicamente que en otras ocasiones, pero hundido mentalmente. Aún recuerdo como en su primera visita me comentó que Dios lo había mandado para hacer una buena obra, obviamente refiriéndose a mí. Sin embargo, hoy yo me planteo quién ayudaba a quién.
El consejo que le di a él el otro día y que también os ofrezco a todos cuantos sufráis algún bajón emocional, con o sin causa aparente, es acudir a un especialista para que estudie vuestro caso o revise el tratamiento que estéis recibiendo. Pero luego, buscad en vuestro interior aquello que os llene el alma, que sea vuestro estímulo, que os haga sentir vivos y útiles.
Os aseguro que en hospitales y residencias mucha gente agradecería, no esa obra que parece más una limosna que calme nuestras conciencias, sino nuestra compañía, esa caridad que nos solidariza con el sufrimiento ajeno y que les sirve para romper con la monotonía y/o la soledad.
Tal vez la ayuda sea mutua y encontréis ahí un motivo por el que continuar y sonreír.









