Hoy me he levantado con todo el cuerpo dolorido. Parezco "doña pupas", entumecida y contracturada.
Yo, al igual que mi amiga Teresa, también pertenezco al colectivo del «si no fuera». Si no fuera por esto, si no fuera por aquello... me encontraría genial.
Supongo que el tiempo tampoco ayuda demasiado. Ha amanecido la mañana nublada y regada con esa boira que por la humedad se convierte en el peor enemigo para las articulaciones.
Por fortuna, comienza a esclarecer. Cierto es que tímidamente, pero ese suave resol parece abrazarme y transmitirme las vitaminas y la energía precisa para recomponer mi espíritu algo blandengue y alicaído.
Me observo en el espejo y, a excepción de lo evidente, me veo normal. ¡Soy normal! Regordeta, ojos todavía adormilados, alguna arruga insinuante y muchas canas que debiera empezar a disimular. Pura apariencia física ya que en verdad estoy hecha un cromo: Dolor neuropático en el hombro derecho, alergia estacional, disreflexia del sistema simpático, luxación de la articulación témporomandibular. Sí, puedo asegurar que no tenemos sólo un menisco en la rodilla porque, cuando desaparece o se escabulle ese disco, apretar un maxilar contra otro se torna insoportable y, forzar la apertura, misión imposible.
Después de batallar toda la noche sin conseguir encontrar una posición cómoda para descansar, me he despertado más reventada que cuando me acosté.
Estoy harta de enfrentarme a la cama como si de un potro de tortura se tratara. Mi paciencia se ha esfumado. Estoy sumamente cansada de que el dichoso colchón de aire no se hinche como debiera. Quizás no me importaría si pudiera girarme a mi antojo... Pero ése no es el caso.
Parece como si las ampollas, en lugar de alzarme, me chuparan hacia dentro la escápula y me enganchara a su superficie. Se me agarrotan los músculos del hombro y del cuello, se tensan mis cervicales y por empatía se traslada la contracción también a la quijada.









