Hoy ya he cumplido con mi sesión de discusiones matutinas.
Y no me refiero con eso a un debate abierto de opiniones, sino al desmadre de reproches que generan tan sólo un goteo constante de mala leche.
Empiezo a dudar si no será que lo practicamos más como un deporte que como un desahogo.
¿Me he vuelto una contestataria? No sé. He de admitir que no soporto la hipocresía y mucho menos las mentiras o la falsedad. Sin embargo, por encima de todo ello, me subleva que desconfíen de mi palabra o transgredan la realidad para dar la vuelta a la tortilla. Comprendo que todos tendemos a hacerlo. Es más sencillo podar un árbol que acotar la raíz.
Para no ser ambigua podría ejemplarizarlo con cualquiera de las peleas televisivas, especialmente si la controversia es familiar. Cada uno emperifolla su versión y omite a su conveniencia matices que en sí son primordiales.
A veces me gustaría no ser tan sensible y hacer caso omiso a comentarios. Lo cierto es que ya no malgasto tanto tiempo cuestionándome el motivo de algún comportamiento o alguna contestación de gente con la que no convivo o no aprecio. Era como si tuviera que justificarme cuando no había razón para ello.
No obstante, sí me ofende y me altera los nervios si la recriminación o el desplante procede de alguien que sí quiero. Quizás adelantaría más si todavía fuera como aquella niña pequeña, que no rechistaba ni trataba de imponer su criterio, en lugar de querer decir siempre la última palabra. O tal vez no.
A menudo equivocamos carácter con no dejarse pisotear.
Francamente, vivimos en un mundo de incongruencias. Se hace la guerra en nombre de la paz, se predica el amor y obramos con intransigencia, mal interpretamos la constancia con tozudez y confundimos la bondad con estupidez.
No me ha quedado otro remedio que amoldarme a las circunstancias. He procurado, unas veces con más éxito que otras, entresacar lo bueno de las malas experiencias. Y, al unísono, he crecido interiormente y he reforzado mi propia autoestima hasta el punto que ya no consiento que me anulen. O, al menos, sin plantar cara.
Seguramente, me convendría morderme la lengua y regalar una sonrisa aunque mi cuerpo hierva de indignación. Probablemente, debería asentir aunque negase por dentro.
No me encuentro en condiciones de exigir, lo sé, mis propias limitaciones me lo impiden. Sin embargo, sigo siendo persona... , quizás no muy lista al procurar ir siempre de frente, que ha aprendido que poco o nada se gana riendo las gracias o cediendo al chantaje.
Como diría mi hermano: "Dios dijo hermanos. No primos".









