Hoy me ha halagado tanto piropeo. Encaramado en la rama de un pino un mirlo negro me conquistaba con su salmodia. "El que no se contenta es porque no quiere".
He sido testigo de mi gran realidad: paso del llanto al canto y viceversa, con inusitada celeridad. En apenas unos minutos daba gracias a la música por haberme dado tanto (una canción de ABBA) a soltar algunas lagrimitas convencida de que mi gato pasaba de mí olímpicamente.
Es que mi lógica es un tanto ilógica: me abro el cráneo y pido calma; me forran una libreta con papel adhesivo y pego unos bocinazos que me oye media ciudad. ¿Qué le voy a hacer? Lloro con dibujos infantiles pero me he acostumbrado o he aprendido a perder muchas cosas. ¿Lo he aceptado sumisamente? Conociéndome, diría que no; quizás sólo he sido consciente de que no estaba en mis manos cambiarlo y he procurado buscar soluciones antes que compadecerme... Sin embargo, no significa que haya conseguido evitar preocuparme en infinidad de ocasiones por mi futuro. Más de una vez me he preguntado dónde y cómo se apañaban los demás tetrapléjicos de este país. Sí, aquéllos cuya lesión les impide coger o marcar un teléfono, aquéllos que si se les cae un brazo no pueden levantarlo, aquéllos que desearían como yo poder lavarse los dientes y peinarse por sí solos.
Creo que ahora, mejor que nunca, puedo explicar que lo que más se echa de menos es lo que se ha tenido y se ha perdido.
No añoro grandes aventuras sino esas pequeñas cosas que componen nuestra vida; ésas a las que muchos, seguramente igual que hice yo, no valoráis y que, por el contrario, son fundamentales en nuestra existencia.









