Hace meses que no puedo evitar sentirme afortunada. Presiento que durante muchos años he vislumbrado o intuido un cierto grado de condolencia a mi alrededor. A menudo esas miradas compasivas que nada alivian tu dolor porque no te ayudan a superar tu destino o esas palabras que hablan de mala suerte, seguidas de un gesto alicaído que más que animar te lanzan al vacío.
He pasado por épocas malas, muy malas... pero de todo hemos salido. Y cada día me levanto con la necesidad de dar gracias. Podría decir la alegría en lugar de necesidad, aunque tampoco quiero engañarme, alegría de renacer un nuevo día, pero al mismo tiempo también a veces con el humor trastocado por cientos de razones, justificadas o no, pero que al fin y al cabo son sólo una muestra más de mi condición humana.
Ahora soy yo la que se apena por el devenir de otras personas, de aquéllas que por una causa u otra han caído por el camino, de aquéllas que han de batir una batalla similar a la nuestra, llena de dragones y demonios.
Supongo que en infinidad de momentos pude envidiar a muchos, pero no lo hice. Me conformé con vivir mi vida, aprender del silencio y también de la soledad, a sacar partido de mi mente y crear un mundo a mi medida. Hoy me alegro de no haberlo hecho, quizá sólo me hubiera convertido en una amargada, resentida con la humanidad, mi destino o el vacío.


blog comments powered by Disqus