No somos imperecederos. Es una realidad que todos conocemos y a menudo olvidamos, quizás porque hasta que no llaman a nuestra puerta parece como si nos radiaran una película.
Quién no se ha encontrado un atasco en la autopista y al llegar al punto clave toparse con una colisión en el otro sentido de la marcha. No es el accidente que origina esa caravana sino la curiosidad o nuestra morbosidad.
La misma que con frecuencia provoca otros accidentes al distraernos contemplando aquella escena. ¿Y después? Seguramente, si la secuencia nos impacta mantendremos unos segundos de prudencia y a los pocos metros pisaremos de nuevo el acelerador a fondo y volveremos a imbuirnos en nuestra realidad cotidiana, compaginando y organizando nuestros quehaceres diarios.
En un abrir y cerrar de ojos pasaremos del drama ajeno a nuestro mundo palpable y nos desentenderemos de ese dolor que no nos toca.

Pero somos frágiles, muy frágiles... y antes o después nos corresponde a cada uno cargar con nuestro San Benito.

No será nuestra empatía la que hable entonces, sino nuestro sufrimiento, nuestros miedos o incluso nuestra rabia. Ya no seremos nosotros quienes aconsejemos ser fuertes sino los que debamos dar cuenta de ese coraje que nos impida rompernos en pedazos.


A menudo me pregunto de qué fuente se emana esa fuerza.

Personalmente creo encontrar la respuesta en mi temor a la muerte, a ese desconocido más allá sin retorno. O quizás no, últimamente me planteo si no será más mi pasión por la vida la que me empuje hacia delante.

Supongo que todos necesitamos una motivación, un estímulo para resistir cualquier revés que desestabilice nuestra entereza, que nos haga sentir felices a pesar de los pesares, que nos haga sentir personas aun siendo dependientes... Esa razón puede disfrazarse de mil formas y denominarse de mil maneras, pero cuando la encontremos, nada ni nadie pondrá en jaque nuestra fuerza.


blog comments powered by Disqus