Más importante que el cuerpo es el espíritu con el que vivimos.
Serán por los años, pero ya paso por esa fase en la que todos los que veo por la televisión, aproximadamente de mi misma edad, me parecen mucho mayores que yo.
Supongo que no es algo que me sucede a mí exclusivamente, pues charlando con muchos amigos he constatado que esta realidad no es tan sólo mía.
He de reconocer que casi todos, un kilo, una cana o una arruga más se conservan bastante bien y apenas han cambiado de como yo los recuerdo. Pero quizás también mis recuerdos se han distorsionado y todos, aunque mantengamos una mente joven y abierta, hemos sentido en nuestra piel el transcurso inexorable de los años.
Últimamente cuando alguien me pregunta la edad he de detenerme unos instantes a echar cuentas, no por pudor sino porque pareciera que me hubiera detenido en el tiempo... Sin embargo, prefiero no abusar demasiado del espejo y evitar así cualquier decepción desagradable.
Pero sí, más allá de esa carcasa que da forma a nuestro cuerpo habita nuestra esencia, ese espíritu que se moldeará con las experiencias y que nos dirigirá en nuestro recorrido por esta vida. Y poco o nada importa nuestra edad sino el empuje, la juventud y la alegría de nuestra alma.
Contemplar a vuestro alrededor y no muy lejos descubriréis jóvenes de cuerpo y ancianos de mente, más preocupados por una apariencia efímera que por una carencia real. ¿Y qué ocurre cuando esa apariencia va envejeciendo o es perturbada por cualquier accidente?
Sí, nadie se salva del constante vaivén de nuestro reloj biológico; sin embargo, si vivimos con una mente activa y luchadora, con compromiso y obligaciones, con algún estímulo que dé sentido a nuestra existencia, sentiremos un cansancio físico pero nunca anímico, porque nuestra fuerza nos la dará la propia vida.
blog comments powered by Disqus








