El sábado me rompí la crisma. Y no lo digo en sentido figurado, porque eso sería el pan nuestro de cada día, sino por la brecha que me hice en todo mi cabezón.
De una forma absurda, quizás como la mayoría de los accidentes, lavándome la cabeza. Una ligera inclinación de más, un suave roce... no sé, lo cierto es que sólo recuerdo exclamar ¡mamá, que me voy! y el morrocotudo ostión en mi cabeza. Cuatro o cinco puntos y ¡ale ! otra experiencia para el baúl de mis recuerdos.
No hace tantas semanas me preguntaba qué sucedería si volcase hacia atrás con la silla. Quizás soy un poco gafe, vidente o intuitiva... o presiento los peligros antes de que acontezcan.

Por eso no me conformo con un "tranquila, estás en buenas manos", es la indefensión la que me vence y mantiene despierta a mi prudencia.
Pero es muy angustioso vivir como aquellos gatos que desconfían de todo y que, en lugar de comer, parecen que roben cada bocado porque su instinto o su experiencia los obliga a permanecer en alerta constante.
¿Qué puedes hacer cuando tu existencia y tu bienestar está en manos de otros? De nosotros sólo se espera que demos gracias, nos lo hagan bien, nos lo hagan fatal o ni siquiera nos lo hagan. Dependes de un tercero que espera una palabra amable, una sonrisa... aunque sientas por sus gestos, por sus modos, por su tono... que eres una carga, un aguafiestas o un quejica. Ya lo decía mi abuela: "el que da, da mucho y el que recibe, recibe poco".


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