Con la película "Mar Adentro", vi como en algunos programas se reabrió el debate sobre la eutanasia o, mejor dicho, la asociación equivocada de eutanasia con tetraplejia.
No creo que Ramón San Pedro pretendiera erigirse portavoz de nadie que no fuera sí mismo, una persona harta de vivir con su realidad y que poco difería de la que se lanza al vacío o a las vías de un tren.
Personalmente, estoy a favor de una muerte sin dolor y sin sufrimiento; sin embargo, yo, que también soy tetrapléjica, me niego a rendirme sin luchar antes por una vida digna y, desgraciadamente, son muchos los que malviven en el abandono y la soledad.
Del mismo modo que es una obligación preocuparse por los niños o el futuro de la juventud, debería ser objetivo prioritario el cuidado y la atención de quienes por accidente, enfermedad o edad no pueden valerse por sí mismos, pues también somos parte frágil y vulnerable de esta sociedad.
Independientemente del partido que nos gobierne y de la Comunidad Autónoma a la que pertenezcamos, debería transmitirse un mensaje de humanidad -que no lástima- en el que la solidaridad del voluntariado fuera un apoyo y no un todo, sentirse una especial sensibilidad ante la problemática y las inquietudes de quienes sufren una discapacidad que les limita y condiciona a depender de una tercera persona, y dejar patente la predisposición y el empeño en proporcionar la asistencia más idónea y precisa en cada caso. Más allá de las buenas palabras, que con frecuencia se quedan sólo en buenas intenciones, deberíamos considerar con urgencia la mejora y la ampliación de los Servicios Sociales, que actualmente son escasos por no decir prácticamente nulos, con la intención de estudiar las verdaderas necesidades de cada uno y partir con el pleno convencimiento de no olvidarse nunca de los más desvalidos. Cualquier avance en materia de Bienestar Social es una conquista colectiva y no beneficia únicamente a tres o cuatro; mañana puede ser hoy, y cualquiera de nosotros podemos requerir de esos servicios.
De nuevo vuelvo a plantearme qué razones llevan a alguien a consumirse en una cama, encerrado entre cuatro paredes. Imagino que cuando uno mismo deja de valorarse como persona, el término "digno" pierde todo o parte de su sentido y resulta fácil caer preso de la depresión. Ése es mi mayor miedo, descubrirme algún día vencida por el apocamiento porque me vuelva un número para las estadísticas, porque no pueda tomar ni la más íntima de las decisiones, porque limpiarme los dientes o lavarme la cabeza suene a capricho, porque mi mayor meta diaria sea vegetar delante del televisor… Quizá ese día también yo sea otro Ramón San Pedro. Hasta entonces seguiré luchando.









