Estos días todo el mundo habla de Hannah. Todo el mundo se cree en el derecho de opinar, juzgar o criticar una decisión ajena como si fuera propia. ¿Puede una niña de 13 años tomar una decisión tan importante?
He escuchado muchas frases que me han producido sólo indignación, titulares demagógicos que hablaban de vida o muerte, sentenciando que Hannah y/o sus padres habían tirado la toalla...
No conozco a Hannah, sólo la he visto unos minutos por televisión y, metafóricamente, desde el sofá de mi casa. Y la he visto serena, su rostro me transmitía paz y tranquilidad, sus palabras y sus gestos no eran las de una persona derrotista que se rinde ante el primer contratiempo.
No, la mirada de Hannah no hablaba de miedo sino de lucha... y sólo pudo decir que la admiro, porque sé que conoce muy bien lo que es el dolor, lo que es perder la esperanza, y acepta su vida con entereza. ¿Quién soy yo para opinar? ¿Quién somos nadie para criticar? Hannah no escoge la muerte, Hannah no quiere morir... ella lo que no quiere es prolongar un calvario del que nada puede esperar. ¿Qué hacer cuando la vida aparece muy lejana? Todos afrontamos la vida esperando la muerte. Ella se enfrenta a la muerte viviendo la vida.
Y hablo siempre de Hannah porque, con sus 13 años, ella no es una niña más. Hannah no ha crecido entre muñecas ni juguetes como la mayoría, sino con tratamientos infernales y en habitaciones de hospital. Hannah ha vivido el sufrimiento... y eso, aunque no quieras, te obliga a madurar. Y me pongo en su lugar y en el de sus padres, e imagino cuán cruel y amargo habrá sido tomar esa decisión, ese ineluctable camino hacia la muerte, y no me siento capaz de valorarlos y mucho menos juzgarlos, porque me parece simplemente un acto inmoral. No es mi cuerpo, no es mi hija, no soy yo... Seguramente, desde mi casa tan sólo pueda y deba rezar.
¡Mucha suerte, Hannah!
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