¿Cómo separar lo bueno de lo malo, y de lo malo, lo peor?
Con la teoría en las manos, seguramente debería mencionar a la tan laureada actitud positiva.
Con la lógica presente debería acentuar la importancia de asumir los acontecimientos.
No obstante, cuando teoría y lógica están ausentes porque la realidad nos apabulla, ¿cómo sobreponerse a la pena? Muy difícil, ¿verdad?
Ojalá existiera algún hechizo que por encanto convirtiera la tristeza en alegría y la enfermedad en salud, pero no quiero vender un engaño. Ni siquiera me considero quien para dar consejos, solamente me atrevo a poner ejemplos para que cada cual saque sus propias conclusiones.
La mente es muy compleja. Tanto que, a lo largo de nuestra vida nos habremos enfrentado a situaciones peliagudas, demostrando nuestro valor y aguante, y por el contrario, podemos caer en la más absoluta depresión ante la más insignificante minucia.
¿Cómo no sucumbir a los contratiempos?
Recurriré de nuevo al refranero popular: "El que no se conforma es porque no quiere".
Así de sopetón puede parecer un tanto absurdo o incluso una memez, aunque presiento que quien lo inventó posiblemente había sido un experto y experimentado en estas cuestiones.
El primer paso para remontar cualquier problema es aceptarlo. Mientras uno no se quite la venda de los ojos y se esconda detrás de la ignorancia, será víctima de sí mismo. ¿Cómo vamos a buscar una solución si preferimos negarnos la evidencia?
Sí, es imprescindible que seamos capaces de poner nombre a nuestro mal o, como ya comenté en "AL PAN, PAN; Y AL VINO, VINO", que hagamos las presentaciones.
Sin embargo, no nos equivoquemos, aceptar nunca equivale a cruzarse de brazos o rendirse a la primera de cambio.
Tomemos el verbo aceptar como sinónimo de asumir, pero no de resignar. La resignación será el último de nuestros recursos, será nuestra última baza en la partida de la vida.









