Hoy es uno de aquellos días en los que se me cruzan las ideas, no porque no sepa qué decir, sino porque no sé si conviene o no decirlo.
Siempre he creído que no era bueno guardarse los resentimientos para uno mismo sin al menos conversarlo, para evitar así que se enquistaran dentro.
Quizás años después, algún día te echen en cara cosas de las que ya ni te acuerdes. O puede suceder que ese malentendido se traduzca en enfado que no compartas y sólo veas un distanciamiento que no comprendes. O ¿quién sabe? a lo mejor es sólo la excusa a la que agarrarse para sacarse el muerto de encima. ¡Se me ocurren tantos, tantos nombres! No creáis, a menudo estoy tentada a pronunciarlos en voz alta, pero un instinto me tira después hacia atrás, porque es más fácil que me tachen de rencorosa o incluso de injusta a escuchar o ayudar.
Hasta en esto me siento en inferioridad de condiciones ya que, quizás ése que se dio las de villadiego cuando le necesitaba o aquél que me oyó quejarme de las moscas y se hizo el sordo, interpreta el papel de santo para aparentar ante otros lo que en realidad no debe. Y si tú, asqueada por la farsa, pones en entredicho tanta bondad, terminas siendo la hirienta, la déspota, la injusta, la inaguantable, la malcarada, la desagradecida... y, aunque hayas sido bobo, prudente y reservado, pierdes todo lo que hasta entonces has hecho.
Y el problema es que perdonas, olvidas o ambas cosas... y de nuevo te vuelves bobo, prudente y reservado hasta que un día te recuerdan lo bobo, lo prudente y reservado que has sido... y te preguntas por qué aguantas, por qué vuelves, por qué perdonas.









