Hace unos días en el informativo de televisión dieron el recuento de víctimas en accidentes de tráfico durante la época estival.
El testimonio de una persona, que por un despiste chocó contra un árbol, me recordó las palabras que también yo escribí cuando a mi padre le diagnosticaron cáncer de colon. Vivimos en un mundo de estadísticas, pero llega un día que deja de ser una estadística para convertirse en nuestra realidad.
-Me movía como un muñeco. Peso 105 kilos y era una marioneta del coche -dijo -... que se pongan el cinturón de seguridad. Si yo lo llevara bien abrochado, me hubiera roto alguna costilla pero no me quedarían estas secuelas...
Según los médicos, no lograría recuperar totalmente la movilidad de su brazo izquierdo.
¿Por qué no llevaba el cinturón de seguridad? "No sé... me molestaba", comentó él.
No puedo adentrarme en sus pensamientos, no lo conozco, no he convivido con él. Sin embargo, apostaría que él sí sabía la respuesta, o al menos la intuía.
¡Cuántas veces habré escuchado, quizás seas tú uno de ellos, que por qué tenían que ponerse el casco o el cinturón si era su vida! ¡Cuántos me habré tropezado por la autopista zigzagueando con el coche mientras hablaban por el móvil! ¡En cuántas ocasiones habré contemplado con estupor como un ciclista se saltaba un semáforo en rojo! ¡Cuántos portaban el casco como si fuera un gorro o, aún peor, una muñequera!
Y todos, por una multa, son capaces de frenar en seco frente a un radar o un coche patrulla, se anclan (o peor, lo disimulan) el cinturón de seguridad y se calzan el casco.
Pero olvidan que hay algo más en juego que una sanción o una retirada de puntos, peligra su vida y la de quienes los rodean. ¿Qué culpa tenía la chica holandesa, embarazada de seis meses, que fue arrollada por un conductor ebrio cuando circulaba en su bicicleta?
El destino se empecina en enseñarnos una lección que nosotros preferimos ignorar. No somos indefectibles.
Sí, aquel "no sé" ocultaba más de lo que a priori pretendía. No es fácil reconocer que por una ñoñería, una tozudez nuestra, se derrumba nuestra vida.
¿Por qué me puse yo a jugar al churro, media manga, mangotero? "No sé... ", respondía también yo. Tenía 21 años, edad para otros juegos, adivinaba en el asombro de muchas miradas.
Me cansé de decir "no sé", justificando lo irremediable. ¿Era acaso una marimacho? ¿Fue acaso un pecado? Fue tan sólo una niñería, el lugar equivocado, en el momento equivocado, con la persona equivocada.
O quizás no. Quizás fue momento justo para que mi futuro tomará su curso, rumbo a un nuevo horizonte que descubrir paso a paso.
Sí, en 1989 tenía 21 años y, admito, era aún muy cría, más de espíritu que de pensamiento. No me avergüenza reconocer que sigo siendo aún muy niña, ahora más de pensamiento que de espíritu.
Un día Norys me dijo: "Usted puede aspirar a todo lo que su pensamiento quiere hacer. Mientras siga siendo esa niña pequeña, tendrá a Dios cerca. Recuerde que siempre hay un Arco Iris en el cielo."
Probablemente, cuando espíritu y pensamiento caminen juntos podré dar respuesta a tanta sinrazón. Ojalá que entonces recapitule en mi memoria y, más allá del dolor, sienta las dicha de no haber caído en la dejadez y el abandono y la satisfacción de haber cumplido aquí mi cometido.
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