Hoy el mar estaba algo picado. Nada, unas leves ondulaciones de un profundo azul oscuro que chocaban contra las rocas. Sí, unas como las de las calas donde solíamos ponernos a tomar el sol, lejos de la marabunta la gente y de la arena que ciscaban los bañistas de turno.
No sé, no he podido evitar perderme en el mar.
Hace ya tanto, que no logro recordar que sentía cuando me dejaba mecer por las olas del mar. Solíamos presentarnos en la playa al amanecer la mañana, cuando aún desierta, me arrullaba el ir y venir de las olas y una brisa marina perfumada a sal acariciaba mi piel y me hacía sentir bien, tranquila, como si en aquel momento tuviera en mi poder el hermoso regalo de la vida.
¿Cómo he podido olvidar aquel mar de sensaciones? ¿Los años? No, no son los años los culpables, son sólo el pretexto. Creo que hasta hace muy poco he preferido enterrar en algún rinconcito de mi memoria aquellos recuerdos porque no quería que me lastimaran.
Nunca firmé ninguna alianza con mi subconsciente, comprendí que aquel 21 de octubre escribí un punto y aparte en mi diario. Quizás en aquellos instantes era plenamente consciente de ello, me dejaba llevar en manos, pensaba yo, más expertas. Volvía a nacer tanto en cuerpo como en alma. No me quedaba más remedio que enfrentarme paso a paso a mis propias limitaciones, esperando.. ¿qué esperaba? Mentiría si no dijera que esperaba un milagro. ¿Por qué no tener la misma fortuna que aquel chaval que con una lesión de una altura similar a la mía salió por sus propios pies del hospital?
Pero pasaban los días, uno tras otro, y con cada uno me tornaba más consciente de mi realidad. Supe ya entonces que mi mundo sería otro y, mirara por dónde mirara, todo, absolutamente todo dejaba de tener el sentido de antes.
Hay cosas que jamás he confesado como fue el resquemor, la nauseabunda sensación que me embargó al contemplar desde mi cama aquella silla que debería compañías el resto de mis días. Fue asco, vacío... un cúmulo de emociones inclasificables, aunque completamente opuestas a esa paz, esa libertad que me invadía dentro del agua. Duraron apenas unos minutos, mi mente, aún no sé cómo, remontaba aquel resabiado sinsabor y me contagiaba su respeto por aquel artilugio al que estaría ligada de por vida.
Mi enfado no debía ser con la silla, menospreciarla ella era, por cruel que pudiera parecerme, tanto como despreciarme a mí misma. Debía amoldarme las circunstancias, tenía que crecer como persona, aunque con ello rompiera con mi pasado.
Esa fue mi coraza. Quizás mis sueños de futuro empezaban de cero, en otro entorno distinto al mío, obligada por la situación y las barreras sociales.
Sí, aprehender de la vida para reinventarte, porque no hay mejor lección que la que te enseña la vida. El valor, el coraje, la soberbia o el orgullo toman entonces diferentes sentidos.









