A menudo las pequeñas cosas, ésas que nos perdemos o que no prestamos atención, pueden darnos la clave a muchas de nuestras dudas.
Hoy la mía pasaba por no tener muy claro cuál podía ser mi retal. Llevo días recomponiendo los blogs que se me han esfumado y he dejado a un lado tantos temas que se me agolpan ahora en mi cabeza. Pero otra vez mi gato, recostado en mi hombro luxado, guía la pluma de mis pensamientos.
Durante muchos meses no supimos adivinar cuál era su sexo, así que buscamos un nombre para él que resultara un tanto neutro. Sin embargo, ¿hasta qué punto importaba si era macho o hembra? O trasladándolo más allá, ¿hasta qué punto importa la opción sexual de alguien?
Por encima de ese matiz circunstancial debe primar lo verdaderamente importante: los sentimientos.
A lo largo de mi vida me he tropezado, en algunos casos por desgracia, con algunos hombres que alardeaban de su virilidad ya fuera con sus palabras, sus burlas o desaires... pero carecían de la nobleza y la sensibilidad de aquéllos a los que tachaban de afeminados.
No es fácil romper las cadenas que impone la sociedad. ¡Durante cuántos años los discapacitados habían permanecían encerrados, ocultos a la vista ajena, víctimas de la vida y del entorno! ¡Cuántos homosexuales se habrán negado el derecho de ser felices por no quebrantar las normas marcadas por la sociedad!
Ayer pude ver en televisión como a una pareja de homosexuales les habían concedido la adopción de un niño con síndrome de Down. No es la primera vez que lo oigo. Ésa es la mejor muestra de amor y de entrega, comprometerse y responsabilizarse de un niño que precisa de atenciones y cariño. Quizás ninguno de ellos pueda engendrar a un bebé pero sí serán tanto o mejores padres que muchos de aquellos que los critican.
Todos tendríamos mucho que aprender de ese ejemplo.


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