Al pan, pan. Al vino, vino



Desde aquel 21 de octubre de 1989 han transcurrido muchos años. Media vida. O podría decir sin miedo a equivocarme, una vida.
Echo la vista atrás y apenas evoco algunas secuencias de mi pasado. Dicen que se ha de olvidar algunas cosas para aprender otras, aunque creo que mi inconsciente prefirió bloquear los recuerdos para no torturar mi presente.
Todo por lo que había luchado, todo lo que había deseado, todo lo que había planeado, se había esfumado en un segundo . Nada sería igual. Yo no sería igual.
¿Qué había perdido?, me volvieron a preguntar no hace mucho en una entrevista. Todo.
Digamos que algunos han venido al mundo a servir; yo he venido a ser servida. ¡Pero qué jodida es la impotencia!
Espero que ninguno de vosotros se asuste al oír, o mejor dicho leer, mi vocabulario. La verdad es que cuando escribo no pienso que lo hago para extraños. Cualquiera que permanezca todavía atento a estos renglones se ha ganado otro calificativo que no el de extraño.
No nos conoceremos, pero compartimos seguramente algunas inquietudes. Quizás os encontréis en una situación similar, o simplemente os pique la curiosidad o, quién sabe, si os atrae un relato realista y sincero. De todos modos, sea por el motivo que sea, no quiero ni os merecéis que redecore la realidad con ambages lingüísticos que sólo la edulcoran pero no la suavizan.
Es duro, para qué engañarnos. La vida está llena de momentos cálidos y dulces, pero también otros muchos que nos hacen quebrar la entereza. Y, sólo cuando somos capaces de llamar las cosas por su nombre, estaremos en disposición de poder afrontarlas. Teóricamente, yo sufrí un accidente fortuito. Personalmente, mis palabras no serían tan finas: fue una putada.

Una vez hecha las presentaciones sólo resta buscar el sentido de tu vida. ¡Nada más ni nada menos! ¡Cómo si eso fuera tan fácil!


blog comments powered by Disqus