A menudo, contagiados por una visión consumista, nos compadecemos de quienes no gozan de una prosperidad y unos adelantos como los de nuestra sociedad.
Por favor, no malinterpretéis mis palabras como una apología de la pobreza. En absoluto. Pero hoy me pregunto si ese bienestar que todos perseguimos es real o ficticio.
Vivimos en un mundo regido por el dinero, machacados por impuestos, donde no muchos se sienten realizados profesionalmente y, lo más preocupante, tampoco personalmente.
Hablamos de la pobreza monetaria, ¿pero qué sucede con la espiritual? Y voy más allá de nuestras creencias religiosas o filosóficas, hablo de nuestros sentimientos, de nuestras prisiones personales, ésas que nos impiden saborear plenamente la felicidad.
Un vestido nuevo para una persona de un país, por ejemplo, subdesarrollado, seguro que será motivo de alegría. En este ahora y en este aquí, más movidos por la apariencia, éste podrá ser simplemente una exigencia marcada por un status social o una lacra, una marca de exclusión.
El vestido más sencillo y barato llena de felicidad al pobre y, por el contrario, el más caro se convierte en la obligación del rico.
¿Quién es el pobre? ¿Quién el rico?









