Punto y aparte
Decían los médicos que uno de los mayores impactos para nosotros era el reencuentro con nuestro hogar. De repente salías de esa urna y regresabas, aunque fuera por unas horas, a tu ensoñado antes. Pero nada es igual que antes, todo se empecina en recordártelo, y lo que pudo ser un momento agradable y amable se puede convertir en una tortura.
Presiento que todos albergamos la esperanza que aquel accidente, aquella enfermedad... sea sólo un punto y seguido. Sin embargo, aaquella silla de ruedas, la perenne inmovilidad de mis brazos, el ir y venir de días sin más adelanto ni mejoría que el de mi esfuerzo y cabezonería, dictaban sentencia.
No necesitaba pisar mi casa para comprender que tomaría un vuelco mi vida aunque sólo con el transcurso del tiempo fui adquiriendo conciencia del cambio que se me avecinaba.
Por fortuna o por desgracia, para mí fue un punto y aparte. Y pongo por fortuna o desgracia porque nadie es adivino ( o al menos yo no) y desconozco que otros avatares me hubiera destinado mi futuro, quién sabe si no aún peores.
¿Quién sabe dónde está la felicidad? Sé lo que sé, que no es mucho, pero vivir de fantasías no ahuyenta nuestros males sino acrecienta la desdicha.
Y en esos instantes en los que uno se apoya en una palabra, en una ilusión, en lo que coloquialmente denominamos "agarrarse a un clavo ardiendo", darte de bruces con la realidad de tu entorno, tampoco aplaca tus miedos.
Recuerdo como la escalera no me pareció tan ancha, poco más era que el diámetro de mi silla. Las puertas estrechas, la cadena musical lejana -¡benditos los mandos a distancia!- y la cama muy baja.
Eran Navidades. Días de paz, amor y recuerdos... Y los recuerdos traicionan a la entereza.









