Con frecuencia me pregunto por qué doy tanta importancia a ciertas cosas. Defiendo a ultranza mis ideas como si con ellas me fuera la vida, aunque a mi favor también diré que me inclino por la tolerancia antes que descreditar a nadie por sus tendencias u opiniones.
No comprendo el sexismo y mucho menos la homofobia. Y no porque quizás esté de moda, sino porque hay algo más allá de un cuerpo, la sensibilidad, la nobleza... esos sentimientos que son los que dan sentido a nuestro ser.
Probablemente no sea fácil desterrar nuestros prejuicios, algunos fomentados por malas experiencias y otros por el desconocimiento y las creencias.
Seré la primera de entonar el "mea culpa", solemos llevarnos por la apariencia, ese contacto visual, esa primera impresión que nos aboca al engaño y la equivocación en multitud de ocasiones. Me he tropezado con pobres soberbios y ricos humildes. Me han rodeado amigos caducos y conocidos eternos, u hombres viriles que se cubrían de gloria descalificando o menospreciando a los homosexuales cuando ni siquiera les llegaban a la suela de los zapatos.
No hablaré de amistad sino de personas, las que te apoyan o te abandonan cuando más necesita desde un hombro, una mano... Son pocos los que permanecen al lado del débil, es más cómodo apostar por el caballo ganador.









