"Renovar o morir" no ha sido tan sólo un lema estos días. Cada dos por tres sale de mi cabeza una idea nueva y me emociono con cada proyecto con la ilusión de que prospere y tenga una buena acogida. Algunas veces es así, aunque muchas más no consigo mi objetivo.
Sin embargo, renovar o morir, tomaba estos días otro sentido cuando mi ordenador se obcecaba en no querer arrancar. Ni modo seguro, ni configuración anterior guardada correctamente, ni las plegarias a San Antonio... nada le devolvía la vida a mi ordenador.
Es entonces cuando uno recuerda todo lo que debió hacer y no hizo, da valor a todo cuanto ha perdido y se da cuenta de lo ignorante e impotente que se siente cuando no le queda más remedio que cruzarse de brazos y aceptar los acontecimientos.
"Renovar o morir", pensé. Podía partir de cero o cerrar los ojos y olvidarme del mundo y, no sé muy bien por qué, me decanté por recomponer los pedazos.
Pero no siempre es fácil ni está a nuestro alcance o, simplemente, nos atascamos en un punto y no encontramos la solución del puzzle.
Tal vez entonces valga la pena empezar de nuevo. Recuerdo como en algún ejercicio de matemáticas o física me rompía la cabeza porque, a pesar de revisarlo minuciosamente, no conseguía localizar el error de cálculo. Aprendí que era mejor y más rápido coger otra hoja y recomenzar desde el principio que perder el tiempo repasándolo una y otra vez infructuosamente.
Olvidar el pasado y dar un nuevo rumbo a nuestra vida. No obstante, ¿qué sucede si no nos quedan más hojas en nuestra libreta de viaje? Podremos borrar o sobreescribir lo anterior, entremezclar el pasado con el presente, aunque quizá sólo nos gane la confusión y la desesperanza.
A veces el miedo, el que dirán o nuestra dependencia física o emocional nos convierte en títeres movidos por invisibles hilos que no nos permiten avanzar. ¿Qué hacer? ¿Renovar o morir?









