De nuevo se oculta el sol y una brisa, aún templada para la fecha del mes de noviembre, me anuncia y previene de la cercanía del invierno.
Mi ánimo embotado prefiere perderse en el saleroso canturreo de los petirrojos, entornar mis escocidos ojos y dejarme acariciar por los rayos del juguetón sol que, otra vez, vuelve a calentar mi rostro.
Probablemente hoy, día 1 de noviembre, celebración de todos los santos, debiera diferenciar lo importante de lo urgente para evocar en mis pensamientos mis orígenes y desdeñar lo secundario de lo vital. Quizás no debiera quejarme, sino dar gracias. Por ser incomprendida, porque se me hinche la cara o estornude por la alergia, porque el simpático de mi sistema nervioso autónomo disfrute provocándome sudores fríos, por qué me duela la espalda o el colchón recién estrenado tenga una fuga de campeonato. Todavía puedo participar con mi voto, abrasarme con una castaña o atragantarme con un panellet, maldecir a las moscas que incordian a mí alrededor, aprehender del ronroneo del abejorro o la eclosión de los crisantemos... Más que nunca, debo sentirme viva, para así redescubrir entre nosotros los gestos, los defectos y las cualidades de nuestros antepasados.
«Las flores se marchitan, las lágrimas se evaporan y sólo las plegarias perduran», predicó un sacerdote en un sepelio.
Imagino que la belleza y el colorido de las flores embellecen la oscuridad de nuestros corazones; sin embargo, hasta qué punto esos ramos y coronas no adornan más nuestras conciencias. Con el tiempo cicatrizan las heridas, del llanto se pasa al silencio y el desgarro se transforma en calma.
Hoy es el día de todos los santos, el más propicio para buscar el sentido de mi existencia y, no llorar por quien me falta, sino apreciar a quien me acompaña. Mañana será otro día, el de los difuntos. ¿Existe un cielo? Ni siquiera sé si existe ese más allá.
No obstante, quiero creer que sí. Me recogeré con mis recuerdos y daré un guiño a la añoranza. Rezaré una oración a los que nunca conocí y a los que nunca olvidaré, les dedicaré una tierna sonrisa, sin otra ofrenda que el cariño de mis palabras.
Simplemente, otear en el horizonte para no obcecarme en nimiedades e implicarme con la vida.









