Es la segunda vez que hoy me he sentido secuestrada. Intentaba hacer oídos sordos a los berridos con los que mi padre entonaba o, mejor dicho, destrozaba una canción de su época.
Después de todo cuanto han y hemos pasado, reconozco que es una bendición tener ánimos para que chapurrear una melodía... Sin embargo, cuando lo observo en tal desconcierto, con una posee de estreñido, convencido de sus dotes artísticas... descubro que, a pesar de los más de 70 años, conserva mucho de las pamplinadas de un adolescente.
Pero ésta es la segunda ocasión en la que me he sentido prisionera de mis limitaciones. La primera ha sido a las ocho de la mañana cuando en mi cabeza se agolpaban de sopetón mil proyectos que empezar, mil ideas con las que ocupar mi mente y mi tiempo.
"Estoy secuestrada por las sábanas", grité, no con rabia ni depresión, todo lo contrario, más bien con la alegría de saber que aún me queda mucho por hacer.
En esta vida no importa la grandeza o la pequeñez de las cosas sino el sentido y la emoción con el que las vivamos.
Esta lección me la ha enseñado "chispitas" que se volvía loco jugando con el rabo de su madre. Ella lo sabía y lo agitaba en un suave vaivén...
Quiero vivir estas Navidades como si fueran las últimas, saborear cada instante, cada mañana con el mismo ímpetu y las mismas ansias con las que mi gato perseguía la cola de su madre.


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