Hay épocas en las que prefiero no dar rienda suelta a mi inspiración para no caer en el melodrama, sin embargo, ya ha transcurrido un tiempo prudencial, han pasado bastantes semanas desde el terremoto de Haití y sigo con la misma idea metida la cabeza. ¿Por qué no antes?
Haití era o es uno de los países más pobres pero me chocó escuchar que una parte de la ciudad apenas había sentido los efectos del terremoto porque las pocas casas que habían ya estaban derrumbadas.
Poco cambio se notó, algún casquete demás quizás, aunque la vida continuaba con el mismo ritmo y la misma miseria de antes.
Un siniestro natural, devastador e implacable, sirvió para despertar las conciencias de países como el nuestro y, aún en época de crisis, se supo hacer un esfuerzo. El envío de mercancías, de profesionales cualificados en rescates como bomberos, el envío de tropas, etc. ¿qué cuantía económica pudo suponer?
Dicen que mejor tarde que nunca pero ¿por qué esperar a que alguien muera para acordarnos de que también vivía?
Ya sé que es un discurso populista pero no entiendo por qué no se escatima en gastos, se condonan deudas... sólo cuando una desgracia masiva azota como siempre a los más desvalidos. ¿Para limpiar conciencias? ¿Para no sentir culpabilidad?
¿Por qué no dejar que nuestra solidaridad salga a flote sin que tenga que ser otra desgracia natural la que nos haga recapacitar?
Este año parece que la tierra no dé tregua: Haití, Chile, Turquía... esperemos que la lista no se amplíe. No podemos actuar contra los ataques de la madre naturaleza si no es con previsión y mejoras estructurales, lo malo es que tampoco luchamos contra las injusticias humanas.
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