Cuando me enteré de la noticia, me planteé si no podía haber hecho algo más. Hacía aproximadamente un mes había empezado a dar signos de incoherencias, pero no sabíamos si era el principio de una demencia o alucinaciones fruto de los fortísimos fármacos que tomaba contra el Parkinson.
Siempre tuve mis reticencias, dudaba si ciertamente sufría Parkinson como un médico le había diagnosticado o era todo producto de los nervios y la depresión. Pero, ¿quién era yo para poner en tela de juicio el dictamen de un médico?
Sin embargo, al enterarme de su embolia pulmonar, una mezcla de indignación e incredulidad se apoderó de mí. ¡Llevaba apenas tres días contados en una residencia geriátrica!
Recuerdo como por teléfono nos dijo estar en una cárcel. Le temblaba la voz y sólo lloraba. Hacía mucho que sólo lloraba, se había encerrado en sí misma y en sus preocupaciones y nada la movía, sólo la tristeza.
"Estoy muy mal, peor de lo que pensáis", sin imaginarlo se despidió de mi padre.
Una despedida que sabe ahora a poco. ¿Pudimos haber hecho algo más? Es difícil dar respuesta, ¿se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado?
Queríamos ir mañana a visitarla a la residencia. Por desgracia será en un tanatorio, estará su cuerpo pero no su mente. No será un hasta pronto... ni espero sea un adiós, prefiero imaginar tan sólo que sea un hasta luego.
En esta vida, unos ríen mientras otros lloran.









