Hoy me he levantado con las sábanas pegadas a los ojos. No es que me haya dormido, es que son las diez de la mañana y no consigo despertarme de este sopor que me atonta más de lo habitual.
Entre el madrugón, el escozor de los ojos y el de sol que entra de pleno por la vidriera, me cuesta horrores mantenerlos abiertos.
Supongo que terminaré echándole la culpa como siempre al tiempo, como si fuera la única causa de mis males.
Si me mareo, que será la presión atmosférica. Si me duele la espalda, que será del cambio del tiempo. Si la cabeza me estalla, que será por la rachas del viento. Que si, que si...
Como diría mi madre, será del tiempo, del tiempo que tenemos nosotros. No es que me sienta vieja, francamente a mi edad sería absurdo, pero hace muy poco ojeé algunas fotos y no pude evitar emocionarme. No me incomoda cumplir años, sería peor no poder hacerlo. Sin embargo, me encuentro en aquella época que la realidad avanza más deprisa que mi mente. ¿Sabes a lo que me refiero? Hace menos de un mes telefoneé a mi sobrino. Hablaba con aquel pequeñajo que durante un episodio de insomnio quiso robarme la almohada. Pero aquel niño rubito, que daba por bueno todo lo que yo decía-¡qué importante me sentía!-, tenía 22 años y ya volaba sólo.
¡Cómo se nos escapa la vida!
Ahí estaba yo, dejándome arrastrar por la melancolía. Un sabor agridulce. Por un lado, la alegría por esos momentos compartidos y, por otro, la tristeza por la añoranza de un irrecuperable pasado.









