Hoy hemos ido de compras a un supermercado. Durante unos minutos he tenido la sensación de ser yo la extranjera. He oído alemán, inglés, italiano y el dulce y siseante deje argentino.
En alguna ocasión he escuchado que las lenguas separan. Aquellas palabras las pronunció alguien -no recuerdo quién- que encabezaba una lucha contra nuestras lenguas autonómicas (catalán, vasco, gallego...). No comparto esa opinión. Es más, no escribo esos puntos suspensivos de forma aleatoria, sino consciente de la agresión que para algunos valencianos supone aceptar que el valenciano no adquiera por sí el rango de lengua. ¿Por qué no? Valenciano, alicantino, mallorquín, andaluz, canario... ¿qué más da? Personalmente, no creo que separen las lenguas, sino nuestra propia ignorancia.
Por otro lado, me sorprende que un país, relativamente pequeño como es España, englobe una variedad de paisajes, culturas y climas tan dispares. Puedes perderte entre el vanguardismo de una ciudad cosmopolita o desaparecer del mapa cobijado en una aldea medio derruida. Puedes maravillarte de la arquitectura, las pinturas... su belleza humana; o recorrer sus campos, sus montañas... su belleza natural. Puedes apelotonarte en la arena de una playa de agua cálida o disfrutar de los acantilados de las costas vírgenes del norte. Puedes encerrarte en la discoteca más chic o seguir el son de las orquestas en las fiestas patronales. Puedes experimentar con deportes de riesgo y aventura o repanchingarte en una hamaca al ladito de una piscina, rodeado de palmeras y con un refresco en la mano. Puedes hacer la ruta del bacalao o el peregrinaje por el camino de Santiago. Puedes paladear los platos más sofisticados o henchirte de paella, gazpacho o un buen pulpo a la gallega. Hay tantos puedes en España, que sería un pecado perdérselos. Sed bienvenidos.