Mientras estás ingresado en el hospital, permaneces guarecido en una urna de cristal. Te rodea gente en una situación similar y nadie te mira con disimulo. Ahí eres uno más.
Al igual que tú, todos tienen a sus espaldas un pasado y un futuro que verán truncado. Llorarás tus penas y te enjugarás tus lágrimas con el hombro de un amigo, un familiar... o en la soledad de una habitación.
Pero no estarás solo, porque todos comprenderán tu desdicha y uno u otro te enseñará cómo plantar cara a la vida.
Allí el mundo se detiene, quizás alguna visita, más de médico que de amigo, te hablará de sus prisas, o algún familiar, más que animarte, te contagiará su conmiseración. Sin embargo, allí te sientes protegido, no tienes que preocuparte por demostrar nada sino simplemente aprovechar al máximo la rehabilitación, adaptarte a tus limitaciones y, como yo lo llamo, dejarte hacer.
Sí, sin comerlo ni beberlo, has acabado en un mundo que desconoces, rodeado de médicos, enfermeras, auxiliares y celadores acostumbrados a tratar lesiones como la tuya, o coincides con alguien que ya tiene un recorrido tras sus espaldas. Pero cuando sales al exterior, te tropiezas con un sinfín de impedimentos: arquitectónicos, laborales, sociales, psicológicos, fisiológicos, morales, personales... y descubres que ahora no te protege ninguna urna. Sales del invernadero para darte de bruces con ese entorno independiente, muy teórico pero poco práctico y cargado en la mayoría de casos únicamente de buenas intenciones.
Por todo ello considero crucial no estar aislado de la civilización. Por suerte o por desgracia la estancia en hospital se prolonga durante meses, necesitas de la compañía y el cariño de los tuyos y no sentirte enclaustrado entre los muros de ningún hospital.
Durante más de un año tuve que adoptar aquel lugar como mi hogar. Desde mi habitación escuchaba el tañido del campanario de una iglesia cercana. Contaba cada retoque y esperaba ansiosa la llegada de una nueva mañana, esperando... un milagro.
Las escapadas del fin de semana, ir de compras por las tiendas del vecindario, sentarte bajo la sombra de un árbol del parque de enfrente o tomar algo en el bar de al lado, rompía la rutina diaria.
Pero ahora el Instituto Guttmann está en lo alto de una montaña, con una panorámica increíble y equipado con unas instalaciones modernas y mucho mejores y amplias. Sin embargo, cuando entro, lo siento frío, sin el ajetreo de sillas arriba y abajo, alejado del mundanal ruido. Igual que en mi época, repleto de caras nuevas, pacientes con otras historias, otros dramas... Aunque, es raro, ahora no lo veo como una urna sino como una jaula. Quizás no puedo olvidar ni borrar de mi memoria mi primera impresión. Era mi primera revisión periódica en el recién inaugurado el Instituto Guttmann y quise aprovechar para echar un vistazo. Vi como vino hacia nosotros el guarda de seguridad. No se podía caminar por ahí... ni pasear por allá... si quería dar una vuelta debía bajar a la planta de abajo.
Sentí una profunda decepción. Francamente, eché de menos al viejo Guttmann.









