Durante mucho tiempo mi llama reivindicativa se había apagado. No es que no me falten motivos para enarbolar la bandera de la lucha o incluso la de venganza, pero prefería mantenerme a la espera para hablar con conocimiento de causa y no a la ligera.
No obstante, escuchar como se referían a mi por teléfono como "inválida", me hirvió la sangre.
Últimamente acuñar otros términos tales como "personas con movilidad reducida" "discapacitados" que suenan tan peyorativas.
Inválido. ¡Qué horror de palabra!
Seguramente me hubiera ofendido mucho menos si me hubiera presentado como una de los cinco imbéciles (perdón por los otros cuatro) que en Cataluña perciben los ridículos y vergonzantes 12 € mensuales en concepto de Pensión de Gran Invalidez que tenemos reconocido por los Estatutos del Seguro Escolar. (Os prometo extenderme más otro día)
Pero francamente, inválida no me siento ni me defino. Asumo mi dependencia, admito mis miles de limitaciones; aunque, si el único beneficio que voy a obtener es que me llamen inválida, me río de los millones de válidos que sobreviven a expensas de otros, tantos que conviven con alguien, no por amor sino por necesitar una criada o una cuenta corriente.
Seguramente una de las ventajas de mi trabajo es que la gente me trata de igual a igual, sin hacerme de más ni de menos porque, a través del teléfono, nadie es alto ni bajo, gordo ni flaco, feo ni guapo... sólo se escucha una voz.
¿Inválida? No. ¿Discapacitada? Si. ¿Dolores? Mejor.









