Hace ya bastantes días cayó entre mis manos un periódico de esos gratuitos de hacía varias semanas. Realmente no fue del todo casual pues mi madre se obstinó que leyera una de las cartas de los lectores que criticaba la justicia de nuestro país.

No sé, quizás no tenía el cuerpo para respuestas reivindicativas, pero mis ojos se lanzaron a la columna de izquierda donde, en un escueto artículo, resaltaba un "estoy orgullosa de ti, sobrina".
¡Qué poco solemos valorar y agradecer a los demás!

Una simple frase que puede subir el ánimo al otro y dar fuerzas para continuar con la lucha... y, sin embargo, somos extremadamente agarrados a la hora de lisonjear al prójimo. ¿Por qué?
Me temo que a menudo no sea sólo por una dosis de pereza o dejadez, sino que veces sea nuestra propia envidia la que nos prohíbe pronunciar libremente nuestras alabanzas o pensamientos.
Seguramente, a muchos os parezca extraño pero, en ocasiones, he percibido tras mi cogote el resquemor de la envidia. Era como si mis alegrías fueran las desgracias de otros pues, necios, teniéndolo todo, se creían sin nada.
¿Por qué será que decir un "te quiero" nos cuesta menos que pronunciar un "estoy orgulloso/a de ti"? Al valorar a los demás, no mostramos debilidad, sino que simplemente es un ejercicio de humildad. No siempre tenemos dos oportunidades para reconocer nuestros sentimientos.


blog comments powered by Disqus